Infancia y la decisión de migrar

La mujer entrevistada lleva aproximadamente 30 años viviendo en Guatemala, habiendo migrado desde una aldea cercana al Paraíso de Copán, Honduras. Desde el inicio deja claro que su infancia fue extremadamente dura.

Creció en un hogar marcado por el maltrato y el alcoholismo de sus padres. Con apenas catorce años, tomó la decisión de abandonar su casa, convencida de que no podía seguir soportando esa situación. Su destino no fue otra parte de Honduras, sino Guatemala: quería ir a un lugar donde nadie pudiera encontrarla.

Cruzando fronteras sin papeles

A los trece años, sufrió una violación. Sus padres no le creyeron ni le prestaron ayuda, lo que reforzó su decisión de huir. Sintiéndose completamente sola y desprotegida, cruzó la frontera hacia Guatemala con la determinación de rehacer su vida en otro país.

Al llegar a Los Amates, buscó trabajo desesperadamente, pero nadie quería contratarla por su corta edad. Una señora del mercado la orientó hacia su hija, quien tenía un puesto de comida y necesitaba ayuda. A pesar de las dificultades del trabajo —hacer tortillas, limpiar, lavar— la joven lo aceptó a cambio de comida y un lugar donde dormir.

Sobrevivir sin derechos

Tras dejar el primer trabajo, la protagonista pasó un tiempo difícil buscando empleo en distintas ciudades de Guatemala. Dormía a la intemperie frente a casas de desconocidos que le permitían lavar ropa a cambio de un lugar provisional. Llegó eventualmente a Chiquimula, donde encontró trabajo en un comedor, pero las jornadas eran agotadoras y la vida seguía siendo muy dura.

En ese período también sufrió intentos de violación y agresiones en los caminos. Además, constantemente se le decía que, por ser hondureña, no tenía derechos en Guatemala. Intentó migrar hacia Estados Unidos pasando por Petén, pero fue detenida por la policía durante dos días sin comida, hasta que un conocido la reconoció, consiguió su liberación y la regresó a Los Amates, donde tuvo que empezar de nuevo.

El matrimonio y la l ucha por la custodia

Años después de establecerse en Petén, la mujer entrevistada se casó, pero su vida matrimonial estuvo marcada por el maltrato, los golpes y las amenazas constantes. Sintiéndose al límite, buscó ayuda psicológica con una psiquiatra que la acompañó en un proceso terapéutico que le dio la fuerza para tomar la decisión de separarse. Su exesposo la amenazó con que aparecería muerta, pero ella respondió que ya no le tenía miedo.

La disputa por la custodia de su hija fue otro frente de batalla. Los familiares del exmarido le decían que, por ser hondureña, no tenía derechos sobre su propia hija. Sin embargo, en el juzgado quedó demostrado que él nunca había aportado económicamente al hogar durante su ausencia, mientras que ella sí lo había hecho. La custodia le fue otorgada a ella, y aunque él fue obligado a pagar doscientos quetzales de pensión, ella rechazó cualquier ayuda económica para sí misma, declarando que podía salir adelante sola.

El orgullo de salir adelante

La entrevistada relata con orgullo el recorrido educativo de su hija, quien estudió con becas obtenidas gracias a la ayuda de España: tres años de básico becados y media beca para el diversificado. Actualmente la joven cursa dos carreras universitarias simultáneamente —en la UPANA y en la San Carlos— siendo una estudiante brillante y muy dedicada.

La protagonista de estas vivencias denuncia el estigma que enfrentan las mujeres migrantes, a quienes muchas personas asocian automáticamente con la prostitución. Ella reivindica que no todas vienen a eso, y que quienes lo hacen quizás lo hacen por necesidad, ante la falta de otras opciones. Es un mensaje de dignidad y de resistencia frente al prejuicio.

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