Por qué salió

Una mujer hondureña nos cuenta cómo la muerte del padre de su hija pequeña desató una serie de amenazas y hostigamiento que fue escalando. Al principio lo minimizó para poder seguir trabajando y sostener a sus hijas, pero el acoso se volvió físico: piedras contra su casa, la moto pinchada, presencia constante del peligro.

La decisión de emigrar no nació del miedo a que le hicieran daño a ella, sino del terror a que se lo hicieran a sus niñas. Esa certeza —que los niños son más vulnerables y que ella no estaba siempre en casa para protegerlas— fue el punto de quiebre que lo cambió todo.

Dos mochilas, una maleta y destino incierto

Planificó la salida en secreto, dejando todo como si fuera un día normal para no levantar sospechas. Salió solo con ropa, documentos y un par de zapatos por persona. Su destino era Estados Unidos, pero el camino la llevó a quedarse en Guatemala, donde empezó a trabajar por 60 quetzales al día —con la comida descontada— hasta que ACNUR la ayudó a tramitar papeles, conseguir permiso de trabajo e integrarse como mesera.

El trayecto estuvo marcado por el miedo a ser descubierta antes de salir y por la vulnerabilidad de la noche en la ruta. La policía, que siempre busca sacarle dinero a los migrantes, y sobre todo el peligro específico que corren las mujeres y las niñas, fueron los temores que más la acompañaron durante el viaje.

Ser hondureña en Guatemala: el peso de la discriminación

Reflexiona sobre si viajar siendo mujer supone un riesgo diferente al de los hombres, y concluye que ambos sufren, aunque las mujeres cargan con una capa adicional de vulnerabilidad. Describe cómo los migrantes hondureños son discriminados en Guatemala: etiquetados como personas que «vienen a pedir» o a «molestar», sin que nadie distinga que hay historias muy distintas detrás de cada persona.

Para proteger a sus hijas, aceptó trabajar en un bar con un sueldo mínimo a cambio de poder tenerlas consigo, viviendo en un cuarto trasero. No era lo que hubiera elegido, pero era la única estrategia posible para mantenerlas a salvo.

De sobrevivir a confiar: la mujer que emergió del miedo

Lo que más agota de la migración no es el cuerpo, sino el corazón: la carga emocional, el pensamiento constante sobre el futuro de sus hijas, los momentos en los que sintió que llegaba a su límite. La fe y la certeza de que regresar no era una opción fueron su sostén en los momentos más difíciles.

Hoy se reconoce más disciplinada y confiada, con un trabajo que le gusta y que nunca imaginó que le gustaría. Su sueño es una casa propia y ver a sus hijas crecer en paz. Y su mayor aprendizaje: no volver a confiar ingenuamente, porque esa confianza ciega casi le costó la vida.

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