No somos todas iguales: contra el estigma de la mujer migrante
Creció en un hogar marcado por el maltrato y el alcoholismo de sus padres. Con apenas catorce años, tomó la decisión de abandonar su casa, convencida de que no podía seguir soportando esa situación. Su destino no fue otra parte de Honduras, sino Guatemala: quería ir a un lugar donde nadie pudiera encontrarla.
La entrevistada reflexiona sobre la brecha entre el relato público de la migración y la realidad vivida. Destaca el papel decisivo de ACNUR en su proceso: la ayuda para regularizar su situación migratoria, conseguir un permiso y acceder a recursos que, según ella, no están al alcance de todos los migrantes.
Cruzando fronteras sin papeles
A los trece años, sufrió una violación. Sus padres no le creyeron ni le prestaron ayuda, lo que reforzó su decisión de huir. Sintiéndose completamente sola y desprotegida, cruzó la frontera hacia Guatemala con la determinación de rehacer su vida en otro país.
Al llegar a Los Amates, buscó trabajo desesperadamente, pero nadie quería contratarla por su corta edad. Una señora del mercado la orientó hacia su hija, quien tenía un puesto de comida y necesitaba ayuda. A pesar de las dificultades del trabajo —hacer tortillas, limpiar, lavar— la joven lo aceptó a cambio de comida y un lugar donde dormir.